Presentación del Grupo de Trabajo

PRESENTACIÓN

Por Jesús Ambel

 La Orden de 3 de marzo de 2009 de la Consejería de Educación establece el inicio de las actuaciones de la Agencia Andaluza de Evaluación Educativa, como “una herramienta de fomento de la evaluación como práctica habitual” de los Colegios e Institutos mediante la “homologación” de criterios y métodos de diagnóstico y la “acreditación” de las prácticas educativas. Unos días antes, en el Parlamento, la Consejera de Educación, defendió la progresiva implantación de una “cultura evaluadora” en los Centros Docentes en el marco del Plan estratégico de Evaluación General del Sistema Educativo Andaluz: 2009-2012.

 En diciembre de 2009 y contando para ello con la participación de los Grupos parlamentarios del PSOE, del PP y de IU, así como una treintena de colectivos profesionales, sindicales y de padres de alumnos, un Grupo de Trabajo ha aprobado un documento sobre La educación en Andalucía: análisis y perspectivas que va ser debatido próximamente en el Pleno del Parlamento de Andalucía. Tanto en el análisis como en las medidas que se proponen, la ideología de la evaluación aparece como “eje transversal” llamado a impregnar todas las actuaciones de una Administración educativa que debe “orientarse hacia los resultados” y dotarse de un sistema de evaluación “externo al sistema” para “aportar soluciones de futuro”.

 Va de suyo que un Colegio, un Instituto, examinen, anoten, evalúen los trabajos que desarrolla y también los resultados de los alumnos, para apreciar sus progresos y señalar las dificultades. Es una de sus razones de ser. Pero entonces, ¿por qué establecer un sistema paralelo de evaluación? ¿Por qué empeñarse en un camino, tal y como plantea un reciente artículo de opinión (Granada Hoy, 14.12.2009),  que convierte “a los directores en gerentes y que transforma las escuelas e institutos en oficinas cuyos empleados, los profesores que imparten cada día clases en las aulas, sienten cada vez más desconfianza y vigilancia sobre su trabajo”? ¿Por qué empeñarse en un camino, seguido con entusiasmo en Andalucía, que subordina “de manera absoluta la adquisición de conocimientos a las competencias (hacer sin saber) o el de centrar la mejora de la educación exclusivamente en aspectos que se pueden medir y cuantificar”?

 Tal y como plantean los autores del artículo “las políticas que, de un tiempo a esta parte, se empeñan en introducir formas de gestión empresarial y criterios productivistas en el funcionamiento del sistema educativo no se justifican en el análisis de los problemas de la educación, sino en doctrinas y modas que son ajenas a la cultura de la escuela”. Tal vez debamos aclarar que la evaluación que nos proponen no es la misma de los años 80. Tal vez debamos estar atentos a una evaluación que ha cambiado de sentido en los últimos años. Han guardado la misma palabra, pero han cambiado el contenido. Tal vez la  evaluación que nos proponen no sea ya más la evaluación como gesto metodológico, sino que sea la evaluación como “práctica de aparatos” (Milner, 2007), externa al saber pedagógico acumulado y que se convierte por ello en un instrumento de homogeneización.

 Lo cierto es que mediante la evaluación el poder se dota unilateralmente del estatuto de autoridad que la actual configuración de fuerzas en el capitalismo globalizador le ha hecho perder. Pero es una autoridad sin control: ¡no vamos a evaluar la evaluación de los evaluadores! Y ahí precisamente está la trampa, la gran impostura: hacer creer que existe un sistema de valor objetivo; hacer creer que fuera del sistema de la evaluación no habría ninguna posibilidad de examinar, de apreciar o de juzgar las diferentes actividades de enseñanza. El poder no es, ni nunca lo ha sido, indiferente al saber, pero con la evaluación ha encontrado un instrumento para asegurarse un dominio universal en todos los sectores de actividad, sobre todos los órdenes de la sociedad. El sistema de evaluación abre la posibilidad de un abuso de poder permanente, de un abuso de poder que se autoacredita y se autojustifica. Todos los procedimientos existentes de examen, de apreciación y de juicio, son por ella menospreciados, la evaluación deviene así un saber-poder, en el sentido de Foucault.

 Yves-Charles Zarka, filósofo y editorialista de la revista francesa Cités, nos recuerda la definición que Pascal daba de la tiranía. “La tiranía consiste en el deseo de dominio, universal y fuera de su orden” (Pensamientos). Sigámosle cuando aplica esta definición a nuestro objeto: “la ideología de la evaluación, en su pretensión de generalizarse a todos los dominios de actividad, oculta y revela a la vez un deseo de dominio universal, un poder que se extiende sin control sobre todos los aspectos de la vida social y de la vida del espíritu”.

 Apostamos por crear y fomentar focos de resistencia activa frente a la ideología de la evaluación, de crítica ilustrada de las falsas ciencias y de promoción de las libertades en nuestros Colegios e Institutos. Es para eso que se convocan estas Jornadas de Estudio. Se dirigen a los padres y madres que todavía guardan recuerdos de su formación humanista y de su lucha por la libertad en la época de la transición democrática, a los profesores y maestros todavía no quemados por los cuestionarios, los protocolos y las aburridas fórmulas de gestión a las que les obliga la ideología de la evaluación. Se dirigen también a los políticos: les pedimos un esfuerzo de combate frente al espíritu de la domesticación generalizada porque aún estamos a tiempo de negarnos a este atentado liberticida.

 Nos dirán que somos partidarios de la ineficacia. Nos dirán que nos oponemos al progreso. Nos dirán que los evaluadores son científicos. Les diremos que en realidad son místicos y que funcionan como una secta. Les diremos que llegó el momento de cortar por lo sano. Les diremos que la “cultura de la evaluación” atenta contra la vida escolar porque es una forma de control y de tiranía. Les diremos, en estos momentos históricos de reformulación de la política educativa, que la batalla contra la ideología de la evaluación es, hoy por hoy,  una de las grandes causas de la humanidad.


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