El gran secreto de la ideología de la evaluación – JC Milner

EL GRAN SECRETO DE LA IDEOLOGÍA DE LA EVALUACIÓN

JEAN-CLAUDE MILNER

 En los años 60, Leo Strauss predecía el advenimiento de una nueva barbarie. Decía que nacería de la alianza mortal del cientificismo y de la ideología de los managers. Hablaba en EEUU y acerca de EEUU. Los acontecimientos le dieron la razón; la nueva barbarie despliega sus efectos, en la paz y en la guerra, en el saber y en la ignorancia, en la racionalidad y en la superstición. Pues el cientificismo no impide la proliferación de iglesias y sectas; tal proliferación más bien le acompaña, como acompaña y confirma la influencia de los managers sobre todos los utensilios del Way of life.

 En todos los lugares de la sociedad de los EEUU, la alianza extiende un manto que lo cubre todo, y su contrario, tiene dos signos mágicos: la medida y la ganancia. Valor de cálculo y valor comercial, las dos palabras son homónimas. El gran secreto de la ideología de la evaluación es hacer creer que las dos palabras son también sinónimas. Se trata por supuesto de una mentira. Como siempre, cuando uno miente va hacia lo peor. Reducido a sí mismo, el cientismo no debe asustar, se puede hacer un buen uso de él y los malos usos se pueden combatir; de la ley del mercado también se puede hacer un buen uso. Pero cuando se combinan el uno con el otro y cuando se confunden, surge un monstruo. La medida evaluadora se convierte en un verdadero proceso de exclusión; el mercado se convierte en un verdadero saqueo. La ideología de la evaluación es la forma respetable de la ley de la jungla. No hace sino repetir el derecho del más fuerte, añadiéndole el disfraz de la exactitud y de la precisión. De la misma manera que Tartufo antaño puso sobre sus apetitos el disfraz de la devoción.

 Leo Strauss no hablaba de los países europeos; nació aquí, se marchó, no esperaba nada nuevo de ellos. Sin embargo, ese mundo existe; la alianza del cientificismo y de la ideología de los managers avanza aquí como en otros lados. Pero hay algo más: Europa, fortalecida con sus dos mil años de historia, no se contenta con retomar ideas y concepciones, las perfecciona y refina. A los dos términos de la alianza US se añade un tercer término, procedente de su tradición propia y que sostiene el conjunto mucho mejor que la pudibundez, tan presente en el continente norte-americano. Hablo del alto funcionario. Nosotros los franceses le conocemos bien. Le hemos, en cierto modo, inventado.

 Que ejerza en los ministerios nacionales o en las comisiones supranacionales, este personaje extiende cada día su poder; hace poco, jugaba en el espacio hexagonal y presumía de ser un alto funcionario del Estado. Pero el Estado hoy es una <<pobre cosa>>; el alto funcionariado no se contenta ya con este espacio anticuado, lo abre hacia abajo, lo regionaliza; y hacia arriba, lo proyecta sobre la Europa de los tratados, la famosa Europa de la circulación de bienes y personas, de policías y comerciantes.

 La barbarie europea se apoya desde ahora en tres vectores y no dos: el cientificismo, la ideología managerial, la regulación administrativa ilimitada. Reglamentación europea, francesa, regional, municipal, no importa; depende de las circunstancias. Una única palabra-amo anima los tres vectores, siempre la misma: evaluación. Pero tiene un alcance nuevo, más eficaz todavía que en América del Norte. Allí la jungla; aquí, la jungla se ha vuelto un laberinto. El juego está cerrado; el recorrido se cierra sobre sí mismo; la rata está atrapada. El evaluador administrativo tiene todos los derechos y, además, reivindica el derecho al respeto, ¿no actúa a la luz de la ciencia? El cientificismo se lo garantiza. El evaluador mercantil tiene todos los derechos: no solamente el del más fuerte, sino también el del más sabio, ¿no actúa en nombre del interés público? El alto funcionario se lo garantiza. El inventor de reglamentaciones tiene todos los derechos, sobre los cuerpos y las almas, sobre las cosas y los hombres; lógica científica y lógica contable se lo garantizan.

 Se podrían declinar los ejemplos, pero en toda estrategia de potencia hay lugares decisivos. Lo que llamaré el malvivir es uno de ellos. Aún a riesgo de sorprender, me atrevo a sostener que tiene más importancia que la comida basura. El malvivir no tiene su origen en el advenimiento de la nueva barbarie, pero la nueva barbarie lo ha transformado, agudizado y expandido. En todo caso, una cosa es cierta: el malvivir rebasa ampliamente los límites de lo que podemos llamar trastorno o enfermedad mental. El discurso de la salud mental no agota la cuestión que plantea.

 Ahora bien, las disciplinas del malvivir tienen un nombre en la sociedad moderna: son las disciplinas <<psi>>. Foucault se sirvió del vocablo. Hoy en día se ha impuesto. La alianza tricéfala las tiene en su línea de mira, lo podemos constatar. No porque son <<psi>>, sino porque tocan al malvivir. Por una de esas jugadas de las que la historia tiene el secreto, las disciplinas del malvivir están ahora en una posición en la que se tienen que enfrentar directamente con la nueva barbarie. Lo sepan o no, lo quieran o no. Sencillamente porque el adversario ha entendido antes que ellas que el malvivir es un campo listo para invertir, en el sentido militar y financiero de la palabra.

 Tengo una pesadilla. Primer tiempo, se evalúa a los que se dedican al malvivir, para excluir mejor a algunos de ellos. ¿Quién se atrevería a garantizar, a la luz de la historia, que esta pesadilla es del orden de la ficción? Afirmo, sin embargo, que eso no se admitirá.

 Traducción de Ariane Husson. De ELP-Debates, Correo núm. 3, Boletín de la Comunidad de Madrid de la ELP. (Publicado en Le Nouvel Âne, 2, diciembre de 2003).

Publicado en El libro blanco del psicoanálisis. Clínica y política. Ed. RBA, 2006.

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